De vuelta a casa

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Escrito por Natalia Eluchans

Sanar, volver al punto inicial de la vida.

Encontrarse de nuevo con uno mismo, o bien, comenzar el camino de la búsqueda del propio ser.

¿Cómo podemos lograr un buen encuentro, un ordenamiento emocional profundo? Desde las ganas de modificar aquellas cosas, cuya movilidad, no nos es de utilidad en lo absoluto.

Fácil decirlo, complicado en el accionar, en el momento de hacerse frente con uno mismo y ver cuáles son las causas de separación del goce personal, de ese distanciamiento primario de lo que pensábamos ser, a lo que quisimos ser luego, a lo que somos finalmente.

No es un capricho ni una moda, el entendimiento interno, es fundamental para avanzar y ser quien se quiere ser, sin necesidades externas que forzar para poder relacionarse con otros.

Hasta aquí, todo suena como libro de auto ayuda, pero la realidad es que, pasamos más tiempo intentando contentar al mundo, que tratando de cuidar nuestra auto estima, nuestra salud física y mental.

Trabajamos de más, en empleos que no nos gustan ni nos aportan nada para crecer.

Entablamos relaciones enfermizas, con el mero fin de no estar solos, de formar una familia para mostrar que hemos sido capaces de encajar socialmente y seguir las reglamentaciones que han impuesto generaciones pasadas, cuyas implementaciones, se basaban (y aún continúan siendo) en tener amigos, casarse, tener hijos y dejarse estar para siempre. Olvidarse de que somos personas independientes que buscamos una razón valedera para existir, más que aquella que nos dice que debemos hacer esto o aquello.

Somos seres únicos, pasamos sólo una vez por este tiempo y necesitamos entender para qué hemos venido, aceptarlo y ayudar a otros a que también puedan vivir acorde a su misión.

Entre tanto alboroto de gente que va y que viene, que dice, que sentencia lo opuesto, que determina lo qué está bien o mal de la vida ajena; nos encontramos nosotros, seres humanos libres, con un albedrío que ignoramos a plena conciencia, pues nos han taladrado el cerebro con ese verso de que, el libre albedrío es para pronunciarnos en el pecado y que por ello, nos iremos al infierno y seremos infelices el resto de nuestra vida.

Y la verdad es muy distinta. Bucear, errar, aprender, redirigirse, entender y continuar aprendiendo. Siempre siendo uno mismo, entendiendo que nuestra visión puede ser única, porque sentimos de manera única y eso no nos limita, sino más bien, nos abre a otras realidades, al entendimiento, a discernir entre lo que nos pasa a nosotros y lo que le pasa a alguien más.

En definitiva, nos hace empáticos, personas razonables en las situaciones en que debemos interpretar a un ser distinto a nosotros.

La resiliencia, es otra característica del que puede pensar por sí mismo, tomando una postura positiva ante hechos extremos, sin volverse resentido por aquella situación o momento traumático, pudiendo entender el por qué de las circunstancias y volviéndose a sí mismo, a su interior, encontrando en él la capacidad de continuar con el propósito de su vida.

Es fácil perderse con tanta tecnología suelta e inútil, que solo nos brinda un tiempo muerto de diversión estéril y cuya facilidad, va matando lentamente nuestro sistema neuronal.

Darse cuenta de que vamos muriendo en los dictámenes ajenos, nos hace virar veloces, con la ferocidad de un soldado en plena batalla hacia el objetivo principal: el de ser auténticos, espontáneos y originales, en una vida llena de copias de medio pelo.

Volver a casa es volver al origen del ser, volverse a la esencia de nuestro sentir, buscar esa satisfacción tan personal que no pueda imitarse.

Volver a casa es la estrategia del que cree en sí mismo, en sus fuerzas, en cada cosa que vive y hace.

Volver a casa es urgente, es necesario, es de vida o muerte.

Porque si perdemos un día más ahí fuera, tratando de ser otros, agonizando en medio del asfalto frío de esas avenidas solitarias… quizá no volvamos nunca más… Y permanecer perdidos, es convivir con la decadencia del olvido y la falta de convicción de haber estados vivos alguna vez…

 

Originaria de Parque Leloir, provincia de Buenos Aires, actualmente capital federal. Escritora aficionada y artesana, madre, abuela. Amante de los animales, en especial los gatos. En etapa activa de realización de mi primer libro de poemas en prosa.

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